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Los encajes y las blondas, de nuevo, en los armarios

3 noviembre, 2014

Museo Marès de la Punta de Arenys de Mar / Alex Parício

Los escaparates de la moda se llenan de encajes y blondas. Revisamos su historia, muy arraigada a la industria textil catalana, para entender la atracción que despiertan.

Colette es un tienda taller recientemente situada en el corazón del casco antiguo de Barcelona. A través de los cristales de su escaparate se pueden ver cuellos de blonda, colgantes de guipure o complementos hechos de encaje pensados para novias. Las turistas que caminan por estas calles centenarias de Barcelona se paran a menudo delante de su escaparate, seducidas por la nostalgia que desprenden las piezas de la tienda. «Los encajes son de mercados y mercerías antiguas, tienen mucha historia y contienen la esencia de las mujeres parisinas de los años veinte», explica la creadora del espacio, Susana Soler. Ella, como muchas otras personas apasionadas por la moda, recuerda la belleza de estas aplicaciones sobre los vestidos de las mujeres francesas de los maravillosos años veinte.

Aunque la historia de los encajes y las blondas se remonta unos siglos más atrás. Fue en Venecia y Flandes donde se inició la producción de encajes y, en concreto, en el siglo xvi. «El encaje era un elemento de consumo de la aristocracia y la alta burguesía, junto con la jerarquía eclesiástica», explica la directora del Museo Marès de la Punta de Arenys de Mar, Neus Ribas. En cuanto a Cataluña, esta historiadora apunta que alrededor de 1789 se tuvo conocimiento, por primera vez, de la actividad de las encajeras de bolillos de Arenys de Mar. Este municipio del Maresme fue pionero en la elaboración de estos adornos textiles y cuenta con una de las colecciones de referencia de encajes hechos a la aguja y al cojín, procedente de todo el mundo.

Encajes, jóvenes y futuro

Desde las salas del Museo, nos adentramos en una tradición que hoy la moda recupera para envejecer diseños tanto de la alta costura como del prêt-à-porter. «Los encajes son cada vez más utilizados en todo tipo de prendas de vestir, ya sea para el día a día o bien para complementos de novia o de fiesta. Hoy, casi todos los diseñadores los incorporan en sus trabajos», explica la encajera de bolillos Assumpta Riera. Ella, junto con unas ochenta expertas en este arte, se encarga de transmitir el conocimiento para hacer encaje de bolillos a las nuevas generaciones. Lo hacen desde la Associació de Puntaires Flor d’Alba.

Ahora bien, las colaboraciones con el mundo de la moda son más frecuentes en el caso de los encajes mecanizados, ya que, como explica Riera, «el encaje manual implica un gran esfuerzo y muchas horas de trabajo». Ella los sigue haciendo para pequeños encargos de diseñadores y clientes locales. Lo hizo en 2013 para el joven creador Guillem Pou, que trabaja ahora en Italia. En su colección titulada «I elles, escabellades vora el mar», incorporó los encajes de Arenys en todos sus diseños para «unir tradición y moda».

El trabajo artesanal que hoy hacen las encajeras de bolillos de Arenys, a finales del siglo xviii lo realizaban unas 1 500 mujeres. Producían encajes y blondas en la zona costera del Maresme, en poblaciones como Canet de Mar, Arenys de Munt y, especialmente, Arenys de Mar. Desde esta población, de la que toman el nombre los encajes de Arenys, salían en barcos los encajes de la comarca para comercializarse con América. «Se exportaban varios productos y uno de ellos son los encajes. Familias enteras trabajaban exclusivamente en esta industria», recuerda Ribas, y añade: «Los encajes de Arenys eran conocidos con el nombre de ret fi. Había que encontrar un sustituto a la blonda, realizada en seda de China, que no era adecuada para un uso cotidiano. Podríamos decir que el ret fi es una técnica derivada de la blonda, que también utiliza como fondo el tul. Ahora bien, tiene características propias y se realiza con lino o algodón. Estos materiales le dan una gran resistencia y a la vez un efecto muy ligero». Es por ello que, dentro del mundo de la moda, encontramos aplicaciones de ret fi en mantillas, lencería femenina y pañuelos de novia.

Buenos ejemplos de estos últimos casos se conservan en el Museo Marès de la Punta de Arenys. Entre ellos, destaca la mantilla de la reina Fabiola de Bélgica del 1958. Fue hecha por la casa de encajes Hijos de R. Vives, S. A., con encajeras de bolillos de Sant Vicenç de Montalt.

Referentes locales

La historia ha reconocido tres grandes países que hacían encajes de bolillos, Italia, Francia y los Países Bajos. Todos ellos eran a la vez productores de hilo de lino. En el caso catalán, si bien el desarrollo de la industria de los encajes se sitúa a finales del siglo xviii, antes, hacia el siglo xvii, Neus Ribas explica que ya había algunas noticias de la existencia de los encajeros. «Estas personas eran las que se encargaban de distribuir los diseños entre las encajeras de bolillos y luego comercializaban sus trabajos entre los tenderos y los clientes finales», aclara.

No solo en el Maresme la industria de los encajes destacó en aquella época. También la zona del Baix Llobregat fue un gran centro de producción. «En total, en 1850 había unas 34 000 mujeres ocupadas en toda Cataluña en esta actividad. Se agrupaban a lo largo de la costa entre Lloret y Vilanova i la Geltrú», relata Ribas. A estas profesionales del encaje manual, había que añadir también los fabricantes. Como aclara Ribas, «ellos también trabajaban con encaje artesano» y, según los recuentos de la historiadora, se ubicaban en nueve fábricas situadas en Barcelona.

Durante aquellos años, destacó Maria Rosa Creixells, una de las encajeras de bolillos más reconocidas de la zona del Llobregat que, junto con su marido, se trasladó a Madrid y se convirtió en suministradora oficial de la corte de Isabel II. La hija de ambos, Pilar Huguet Creixells, fue una de las primeras autoras del Estado dedicada al estudio del encaje. Ella dejó testimonio escrito del vestido de chantillí realizado por su abuela y su tía abuela, Maria y Anna Valls, para la reina Isabel II. «Es durante esta época, la segunda mitad del siglo xix y todavía en los años del Romanticismo, cuando se elaboraron los trabajos más preciosos en encaje», recuerda la responsable del Museo Marès.

Proyectando futuro

Hay que avanzar un poco más para entender mejor muchos de los diseños actuales de encajes. En este sentido, es imprescindible la figura de Marià Castells, hijo de la familia de la Casa Castells, que «fue un gran renovador del lenguaje de los encajes» en palabras de la historiadora Neus Ribas. Durante el primer cuarto del siglo xx e inspirado por la corriente modernista, se dedicó a renovar el repertorio iconográfico de los encajes de bolillos. Desde la empresa areñense que habían fundado sus padres y en la que él se incorporó, tras estudiar en la Escola Llotja de Barcelona, se encargó de adaptar el diseño del pañuelo que el rey Alfonso XIII regaló a su prometida, Victoria Eugenia de Battenberg, en 1906.

Pedazos de esta historia se pueden encontrar hoy en la tienda taller Colette y en los diseños de otros creadores como Natalie Capell. Ella también recupera para sus vestidos de novia, encajes y blondas antiguas para embellecer vestidos nostálgicos.

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