Entrevista

«Pertegaz ha sido la mejor universidad para mí»

Alicia Borrás, modelo y maniquí de Pertegaz

Este año cumple setenta años. Hace unos meses, cerró el desfile de lencería de lujo de Andrés Sardá en Madrid. La modelo Alicia Borrás ha subido a las pasarelas de nuevo, después de cuatro décadas. Otras ofertas le esperan y la sensación de dar vida a un vestido la seduce.

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A principios de los años sesenta, la prensa llegaba con dos semanas de demora a Menorca. A veces, incluso tardaba más, dependía del estado del mar. La isla, muy diferente a como la conocemos ahora, vivía dedicada a la agricultura y aislada de la actividad de las grandes ciudades europeas. Los periódicos eran una ventana abierta a las tendencias del continente y sus páginas de anuncios podían convertirse en una buena oportunidad laboral lejos de casa.

 

En 1967, un anuncio del diseñador Manuel Pertegaz en las páginas de La Vanguardia pedía candidatas para trabajar como maniquíes en su taller de Barcelona. Desde Menorca, el padre de Alicia Borrás, sastre, respondió con unas fotografías de su hija desfilando por primera vez, con diecisiete años en una pasarela benéfica local. Las imágenes mostraban una joven alta y estilizada que desfilaba con dos diseños que le había hecho su padre expresamente para la ocasión. Borrás no sabía que pocas semanas más tarde, estaría viajando a Barcelona para participar en la selección de maniquíes que Pertegaz había organizado en su taller.

 

Salió por primera vez de Menorca en 1962, de la mano de su padre, para presentarse a las pruebas del diseñador Manuel Pertegaz. ¿Cómo recuerda ese día?

Fue mi primer gran contacto con la gran ciudad y también la primera vez que pisaba un salón de moda. Allí, había tres candidatas perfectamente peinadas y maquilladas. Pensé «a mí no me cogerán porque parezco un pajarito».

 

Tenía diecisiete años, ¿cómo era usted entonces?

Era una chica de 1,74 m, con los ojos claros y el pelo castaño. Era muy delgada, siempre he pesado lo mismo y tenía unas piernas muy largas. Cuando Pertegaz entró en el salón, me miró las piernas y nos preguntó, a mi padre y a mí, cuál era mi relación con la moda. Mi padre le dijo que él era sastre.

 

¡Y la seleccionó!

Me hizo contrato fijo y fui a vivir con unos amigos de mis padres. Cobraba 1.350 pesetas al mes, no era mucho y 900 pesetas las dedicaba al alquiler de la habitación. Algunos días, a finales de mes, tenía que ir caminando al salón porque el sueldo no me llegaba para el transporte.

 

¿Por qué Pertegaz la eligió a usted?

Creo que él buscaba algo genuino que pudiera adaptarse a la imagen que quería proyectar. Es cierto que las otras candidatas estaban mucho más preparadas que yo y mejor maquilladas. ¡Yo no me había maquillado en toda mi vida! Pero él buscaba un físico concreto.

 

Trabajó para Pertegaz durante tres años. ¿Cómo fue aquella época?

Pertegaz ha sido la mejor universidad que puede tener una persona en el mundo de la moda. La mejor para mí. No era consciente entonces y, en realidad, fui a parar yo, pero podía haber ido otra persona. Él quería que caminásemos como si no pisáramos el suelo, como si fuéramos cisnes, el cuello bien estirado, con elegancia. Empecé con lo mejor que había en aquella época, sin menospreciar los otros modistas. ¡No paré de aprender y absorber cosas nuevas!

 

Eran años de glamour y elegancia en los salones de los grandes modistas. ¿Cuál era el trabajo de las maniquíes?

Cada casa de alta costura tenía sus propias maniquíes. Teníamos que estar en el salón ocho horas al día, pero durante la creación de las colecciones estábamos a disposición desde la mañana hasta la noche para que él hiciera las creaciones.

 

Pertegaz creaba directamente sobre sus cuerpos.

Sí. Nosotras siempre íbamos vestidas con un «furró» y zapatos negros de tacón. El «furró» era una combinación de seda hasta la rodilla, sin mangas y cuello palabra de honor. Era una pieza mínima para no ir desnudas. Encima de eso, él creaba. Utilizaba las agujas para interpretar con el tejido la idea que tenía en la cabeza. Él debía transmitirla al sastre o a la modista que estaba allí. Ellos la habían de entender bien, para poder hacer después los patrones.

 

¿Era un trabajo duro?

Era duro sí. Yo hablo de Pertegaz porque es con quien más he trabajado. Tenía las ideas claras en su cabeza, pero materializarlo era más difícil. ¡Partía solo de una tela!

 

¿Qué hacían en el salón cuando no tenían que posar para un nuevo diseño?

Teníamos una habitación donde leíamos y descansábamos. Pero también teníamos que desfilar para las clientas. Venían al taller y querían que vistiésemos los diseños y los «pasáramos» para ellas antes de comprarlos.

 

Eran tres maniquíes, Nieves Gil, Carmen Romero (Romy) y usted.

Ellas llevaban tres años en el salón de Pertegaz cuando yo llegué. En función de lo que él quería crear, llamaba a una u otra, según quien pensaba que podía lucir mejor el vestido.

 

Además, desfilaban dos veces al año en el hotel Ritz de Barcelona. Pertegaz les ponía una capa blanca antes de salir a la pasarela. ¿Por qué?

Teníamos que desfilar tres vestidos por maniquí, teníamos nuestro camerino, pero él nos ponía una capa de tela blanca mientras estábamos entre bambalinas porque no quería que nadie tomara nota del vestido o pudiera copiar su colección. ¡Nos la quitaba cuando estábamos al pie de la pasarela!

 

Tres años más tarde, comenzó a desfilar por su cuenta y dejó la casa de Pertegaz. ¿Una decisión difícil?

Dejé Pertegaz como maniquí fijo porque era la única manera de ganar dinero y tener posibilidades de trabajar más. Estaba encantada trabajando con él y tuve muchas dudas. ¡Allí tenía un sueldo fijo y la decisión era una aventura! Lo pensé muchísimo, pero quería desfilar y crecer. Hice lo correcto.

 

¿Cómo fue aquella nueva aventura?

Con Pertegaz conseguí hacerme un nombre en el mundo de la moda y esto me ayudó cuando empecé a trabajar como «volante». Sobre todo, desfilaba prêt-à-porter. Trabajé para Carmen Mir, Pedro Rodríguez, Moda del Sol, Andrés Andreu, José María   Tresserra, que hacía novias, y para Ives Saint Laurent y Loewe. ¡Viajé mucho!

 

Se retiró como modelo con veintisiete años, después de ser Miss España en 1965 y quedar segunda en el concurso de Miss Europa. Desde entonces, no desfilaba y lo ha vuelto a hacer ahora, cerca de los setenta.

¡Estoy viviendo una segunda juventud! Siento lo mismo cuarenta años más tarde.

 

¿Pero cómo ha podido vivir cuatro décadas sin pasarela?

El mundo en el que entré después, cuando me casé, estaba lleno de glamour. Por poner solo un ejemplo, teníamos un palco en la Scala de Milán, ¡era maravilloso! La moda no era compatible con mi vida de casada, viajábamos mucho con mi marido. Todo ello, hizo que el gusano quedara dormido.

 

Usted se define como una mujer de pasarela. ¿Qué siente cuando desfila?

Sobre la pasarela puedo expresar un vestido, darle vida. ¡Es como el teatro y eso me encantaba!

 

Ahora ha vuelto a desfilar, ¿por qué cree que le ha llegado esta oportunidad?

Carlos, mi marido, dice que es un reconocimiento a mi trabajo, a la manera como doy vida a los vestidos.

 

Su regreso a la pasarela fue en octubre pasado y vistió un diseño de lencería de la firma Andrés Sardá. ¿Qué pensó cuando le ofrecieron hacerlo?

No fue intencionado, recibí un mensaje de ellos diciéndome que querían mi colaboración. «Hacen cosas preciosas», pensé, «pero no es para mí». Entonces, me explicaron que querían que cerrara el desfile para reivindicar que aquellas maniquíes que habían tenido un papel importante en la historia de la moda, pudieran desfilar.

 

¡Y lo hizo!

Llevé un vestido fantástico y pensé «le daré vida como lo hacía desfilando para Pertegaz».

 

¿Cómo se siente ahora desfilando después de tanto tiempo?

Me veo en una vorágine de entrevistas y reportajes que no había imaginado. ¡Es como volver cuarenta años atrás! Me gusta pensar que esto puede aportar algo a las personas de mi edad. Quiero decir que las ayude a aceptarse y ser más felices consigo mismas. ¿Por qué debemos tener complejos? ¡Con nuestra edad, tenemos una universidad de la vida que la gente joven no tiene!

 

Usted no esconde su edad, ¿tal vez es eso lo que atrae tanto interés?

Nunca he escondido un año, me parece que esto es lo correcto. Me horrorizaría salir en una revista con la piel de una persona de veinte años. Se ha abusado mucho del retoque de imágenes. La gente quiere autenticidad y cuando la muestras, se siente más identificada y menos acomplejada; al contrario, las personas se sienten engañadas.

 

Crédito imagen: Mercedes Fashion Week Madrid Primavera/Verano 2015 / Estrop/IFEMA

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