Entrevista

«Sin el gremio tendero la ciudad sería otra»

Elisenda Albertí, autora del libro 'Un paseo por la historia de Barcelona. Modistas, sastres, tiendas... del miriñaque a los años veinte'

Invitamos a los lectores a pasear por la historia de la moda de Barcelona. Hacerlo es una oportunidad para conocer acontecimientos cruciales para el desarrollo del comercio de la ciudad y, también, para adentrarse en el origen de las tendencias de la vestimenta de la sociedad catalana desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta los felices años 20 del siglo pasado. Este paseo lo hace realidad el libro de la editora y diseñadora gráfica Elisenda Albertí, con quien conversamos en esta entrevista.

 

«Efectos de China. Depósito en la calle de Condal, n.º 10. En este establecimiento, por 3 días consecutives, á contar des de hoy, habrá de venta los efectos siguientes: pañuelos de crespón bordados de nuevo gusto, desde 10 á 100 duros uno; pañuelos de seda para la mano, de distintos colores, á 12rs […]». Es un anuncio del Diario de Barcelona, publicado con motivo de un baile celebrado en la ciudad hacia 1850 y es también una de las muchas ventanas al pasado del libro que acaba de publicar Elisenda Albertí. Su título avanza buena parte de lo que se encontrará: Un passeig per la història de Barcelona. Modistes, sastres, botigues… del mirinyac als anys vint (‘Un paseo por la historia de Barcelona. Modistas, sastres, tiendas… del miriñaque a los años veinte’), editorial Albertí.

 

Su paseo por la moda de Barcelona empieza en 1750. ¿Por qué lo inicia entonces?

Porque es cuando llegan los Borbones y el vestido clásico y tradicional aquí se ve profundamente influenciado por las tendencias de la nueva corte francesa.

 

¿Y cuándo termina este paseo?

En los años 20. Entonces encontramos el inicio del traje actual. Las mujeres llevan ya pantalones, faldas más cortas, medias y sujetadores y desaparece el corsé.

 

¿Ha hecho una apuesta personal o había una demanda por parte de los lectores para descubrir la moda durante este período?

En realidad, hacía tiempo que quería escribir sobre el tema. Me gusta el sector, hace muchos años estudié diseño gráfico y diseño de moda, y me preocupa, bastante, el futuro de las tiendas históricas de la ciudad, las pocas que todavía nos quedan, claro. Además, escribiendo el libro Dones de Barcelona me di cuenta de la cantidad de historias que podía contar todavía sobre el sector de la moda.

 

En su libro habla bastante del oficio de modista. Cuéntenos, ¿cuándo nace?

La primera vez que se reconoce fue en Francia en 1782.

 

¿Entonces ya hablábamos de creadoras de moda?

En realidad, oficialmente en ese momento solo se les permite hacer ropa blanca y luego la ropa religiosa. Esto, ¡formalmente! Informalmente, era evidente que hacían más cosas.

 

En Cataluña, hasta el 1784 las modistas no tuvieron permiso para unirse en un gremio propio.

Sí y no. Tuvieron que pasar muchísimos más años para que este permiso fuera efectivo.

 

¿Qué pasó?

Durante décadas, la mujer cosía, pero lo hacía siempre para un sastre. Hasta que, como en otros capítulos de la historia, un grupo de mujeres se organizaron para que les dieran permiso para crear su propio gremio. Fue durante la Segunda República. Entonces, se aprueba una reglamentación formal del trabajo de las mujeres como modistas. Antes, los sastres se habían opuesto sistemáticamente.

 

En 1800, sin embargo, ¿ya había modistas de renombre?

Sí y las había muy buenas. Pero surgían sin estar bajo el paraguas de un gremio, una asociación o una cooperativa. Cada una iba por libre y las condiciones de trabajo no estaban regularizadas. Cada taller funcionaba como quería porque no había un gremio, como el de sastres, que fuera regulador de esta actividad.

 

¿Dónde encontramos, pues, el origen formal del sector de las modistas?

Bueno, en 1910 se crea el patronato de las obreras de la aguja —una entidad, sobre todo, de carácter benéfico para ayudarlas— y en 1918, se debate el proyecto de ley para regular el trabajo domiciliario de la mujer, que también es un paso adelante para el reconocimiento de este trabajo histórico que la mujer desempeñaba desde su casa. Finalmente, la Generalitat Republicana aprobó leyes y decretos para hacer efectivo el trabajo de la mujer. Aunque después de la guerra, todo quedó anulado y hasta los años 60 no se volvió a hablar de ello.

 

En su libro dedica un capítulo a Carme Martí de Missé, a las hermanas Montagne y a Carmen Ruiz y Alá, mujeres que marcaron la historia de la moda de la ciudad.

Se ha escrito muy poco sobre algunos de estos nombres, como el de la Doti, por ejemplo. Por lo tanto, hay que ser cuidadoso cuando reconstruimos sus historias porque no tenemos demasiada información. Conocemos mejor a Carme Martí, porque fue la creadora del sistema Martí, que todavía hoy se utiliza.

 

¿Qué sabemos de ella?

Es quien puso en su lugar la profesión de modista. Era la más reconocida de todas las modistas. Incluso, había anuncios en los periódicos que publicaba ella misma para informar de que algunas impostoras abrían academias en su nombre.

 

Ella tenía el real privilegio exclusivo para abrir academias y formar a las modistas.

Sí, era la única que lo tenía y podía permitir a sus alumnas que tras formarse, abrieran también. Gracias a la formación que ofrecía dignificó la profesión. A partir de entonces, ya hablamos de estudios formales y reglados que daban conocimientos a las mujeres. Poco a poco, los mejores talleres comenzaron a pedir modistas formadas; esto sucedía alrededor de 1880.

 

Y cuando hablamos del comercio en torno a la moda, ¿cómo era Barcelona?

Si viajamos atrás hacia el 1750, podemos ver una ciudad con una gran tradición textil. Aquí se hizo por primera vez la revolución industrial y la primera máquina de vapor la adquirió una empresa textil local. El resultado es que encontramos una ciudad abierta que ya exportaba a Holanda, por ejemplo, o que miraba a sus vecinos para ver cómo vestían. Cuando cayeron las murallas y creció con el Ensanche, los bajos de la derecha del Ensanche eran ocupados por despachos de empresas textiles.

 

En su libro explica y muestra, con una gran cantidad de imágenes, que esta larga tradición y espíritu pionero se trasladaban a los trajes que se lucían por la ciudad.

Las imágenes y las crónicas de la época son una buena prueba de que los diseños eran hechos con tejidos muy ricos, piezas muy bien elaboradas gracias a la gran cantidad, variedad y calidad de la oferta que tenía Barcelona. Por ejemplo, las blondas y los encajes, que desempeñaban un papel crucial en los diseños, se elaboraban en el Maresme y eran competencia directa de las blondas de Bélgica y Francia.

 

Aparte de la calidad de los tejidos, mirando las ilustraciones sorprenden, sobre todo, elementos de la vestimenta como los miriñaques y ¡corsés imposibles!

Sí, es sorprendente cómo podían llevar estas prendas. Como explico en el libro, hay relatos periodísticos que bromean con las limitaciones que el miriñaque imponía a las mujeres a la hora de moverse o de sentarse en el Liceo. ¡Algunas no cabían en ellos! Y en cuanto a los corsés, no podemos olvidar que se llevaron nada menos que hasta 1920.

 

¿Qué pasó para que dejaran de estar de moda?

Una corriente encabezada por médicos alemanes puso en cuestión que fueran óptimos para la salud y ello hizo que empezaran a entrar en desuso.

 

La camisería Xancó o Bel, El Indio o Santa Eulalia son comercios testigos de aquella época que aún hoy atienden al público en la ciudad y de los que usted habla. ¿Les rinde un homenaje?

Sí, cuando escribo un libro siempre quiero que rinda homenaje a alguien. En este caso, al tendero, el alma del comercio. Es una figura muy arraigada en el país. Llegó a vertebrar toda una clase social, se ganaba la vida con lo que hacía y demostró la iniciativa que tiene el comercio todavía hoy. Creo que sin el gremio tendero, la ciudad sería otra. Ellos daban vida al exterior y lo siguen haciendo. Dan calor a las calles. Las grandes cadenas no son lo mismo y, cuando cierran, desertizan la zona donde se instalan. No apostar por el comercio propio es un error que nos hace perder los rasgos de identidad propia de una ciudad.

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